Nuevo arquetipo social: “generación efedrina”
Las víctimas del triple crimen de General Rodríguez –y otros personajes de la historia- son el emergente de un nuevo arquetipo social vinculado a los negocios narco, la plata fácil y la corrupción. Treintañeros, hijos del neoliberalismo, buscan el ascenso social express aun poniendo en riesgo su vida.
El padre de Damián Ferrón era mayordomo en el Casino de oficiales del ejército argentino. Durante la dictadura fue el hombre encargado de atender a los generales. Es más, mientras en las Malvinas se peleaba la guerra, él tenía una misión estratégica: le servía los whiskies a Galtieri.
Eran días difíciles en los que la tensión del trabajo inundó su casa de Villa Urquiza. De tanto servir se puso a tomar, demasiado. La vida familiar se vino a pique. Su mujer se fue con sus hijos y se instaló en una casa del Fonavi en Lugano.
Damián Ferrón creció allí, atravesando los 90. Se sentía, a pesar de la separación y el cambio de barrio, un chico bien. De los pibes de la zona era de los que prefería la música electrónica a la cumbia, el gimnasio a la esquina y el Baileys a la cerveza. Se peinaba con raya al costado.
Hizo el servicio militar y después su padre le consiguió un puesto como administrativo en el edificio Libertador. Sin haber terminado el secundario, no podía aspirar a mucho más. Aunque tenía sueños simples, le parecían inalcanzables: una casa, un buen auto, vestirse bien. Nada de eso podía pasarle trabajando allí. Veía a su padre prendido a la botella, luego de trabajar toda su vida, empinando el codo hasta el final. No quería eso para él. Apuraba su economía para comprar ropa en las casas de surf y en Ona Saez.
Se largó con su hermano con un reparto de golosinas Stani al por mayor. Pero todo iba muy lento. Veía que su hermano ganaba más que cualquiera de sus amigos y así y todo, apenas llegaba a fin de mes, siempre viviendo, como le gustaba decir, con el dedo en el culo, haciendo malabares para llevar a su familia adelante. Cuando Luis Salerno, un viejo amigo, le ofreció trabajar con él en su droguería Pharmagroup, Ferrón no dudó. La comercialización de medicamentos dejaba un margen cuantioso de ganancias y Salerno le ofrecía convertirse en su mano derecha, conducir juntos la empresa. Vivía con su esposa en un departamento, arriba de la casa de su madre. Era joven, ambicioso, de buena presencia y una astucia barrial que podía ser muy útil. Salerno, un ex policía, no manejaba los mismos códigos que los jóvenes con los que tenía que lidiar en el negocio de los medicamentos. Jóvenes tan cancheros que la cancha les quedaba chica. Ferrón se transformó en su operador público.
Fue así que conoció a Sebastián Forza, que quedó encantado con su nuevo interlocutor. Hablaban el mismo idioma. Se emborracharon una vez y se hicieron íntimos. Forza lo sumó a su círculo de amistades. No soportaba a Salerno, su perfil de policía bonaerense, su vulgaridad. Se habían conocido de casualidad en el Open Plaza de Pilar, donde Forza pasaba las horas cuando no quería estar en su casa. Vivía en un country pero no estaba casi nunca. Sin embargo, cada vez que entraba al complejo se sentía fuerte, del lado de los que ganaron. Hizo algunos negocios con Salerno pero ahora ya no hablaba con él, porque con Ferrón se llevaba mucho mejor. Eran, en apariencia, del mismo palo. Ferrón, a su vez, vio en él al hombre que quería ser. Era sus sueños en movimiento. Ya no se sentía tan boludo viendo la vida pasar desde el edificio Libertador, viendo las 4×4 pasar, los minicooper, las minas de Bailando por un sueño estrujando el caño. Cuando pudo se compró una 4×4, una Vitara. Era de las más baratas, sí, pero no importaba: ahora era uno de ellos y miraba él también al mundo del lado de adentro de las ventanillas.

