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29 de Octubre, 2009

Paradojas tucumanas: pueblos aislados atraen al turismo

Las Queñuas: Lejos del mundanal ruido.

Pese a ser la provincia más pequeña del país - con sólo 22 mil k2 - Tucumán tiene enclaves serranos aislados por falta de rutas o caminos, donde llegar es una odisea, pero que paradójicamente se han convertido en grandes atractivos para el turismo nacional e internacional.

Los pobladores originarios de Anfama, Ancajuli o San José de Chasquivil son tan pocos y tienen tan escasa incidencia electoral que no figuran en los planes de ningún político. Casi todos los que legislan desconocen las dificultades y penurias de esos remotos habitantes de Tucumán. Las únicas oportunidades de inserción laboral parecen ahora provenir del “turismo de aventura”. Hay gente dispuesta a desembolsar casi 300 pesos diarios por pernoctar con pensión completa en el singular hotel boutique Las Queñuas, instalado en el recóndito paraje de San José de Chasquivil, uno de esos rincones remotos de la provincia. Previamente deberán sortear la odisea de recorrer ocho horas a caballo o lomo de mula, desde Tafí del Valle o Raco, para llegar hasta el lugar.

Cómo llegar
  Desde Buenos Aires, Aerolíneas Argentinas tiene vuelos de ida y vuelta a
  partir de 716 pesos. Para las travesías se puede contactar a:
  Estancia Las Queñuas: (0381) 4001619, info@lapiedrapartida.com.ar.
  www.lapiedrapartida.com.ar . Desde $ 690, la excursión de tres días para dos
  personas como mínimo y doce como máximo; una travesía completa de cuatro
  noches y un nivel de dificultad intermedio cuesta hasta $ 1806.
  Ancajuli: Mario Soria, ancajuli@yahoo.com.ar

La misma encrucijada les está reservada para las maestras y el personal sanitario que hace patria en esos lejanos rincones. Claro que para ellos o para los olvidados pobladores de estos parajes, no tiene el mismo encanto del “turismo aventura” que en forma amena describió hace poco un cronista de un diario porteño con este puntilloso relato: El viaje para el turista comienza generalmente en Raco, una villa veraniega a 50
kilómetros de la capital. De allí parten las 4×4 hacia La Hoyada, donde aguardan
los caballos para salir de travesía. Esta propuesta por las sierras del
Aconquija, al oeste de la capital provincial, suele basarse en una idea clave:
cuidar los recursos naturales, y respetar la cultura e historia del lugar. No
son temas menores a la hora de esta experiencia, teniendo en cuenta que el
contacto durante días va a ser con la naturaleza y los habitantes de la zona.
El placer de llegar a sitios casi inexplorados se combina, en este caso, con el
calor de la gente que, aislada como poca, se está acostumbrando a recibir cada
vez más visitantes. Llegan en pequeños grupos, pero siempre vienen. Por ahora
son pocos, pero creen que el futuro será promisorio. Distancias que para muchos
son excesivas a la hora de tomarse un descanso, y que para otros sirven para
dejar atrás el estrés de manera paulatina, a paso de hombre. El descanso está al
final del camino, en lugares como Las Queñuas, una estancia a 2300 metros sobre
el lejano mar, en San José de Chasquivil.
Construido durante los últimos tres años, el casco tiene aún detalles por
terminar. Las tres habitaciones, por ejemplo, cuentan con baño privado, pero no
con espejos, ya que todavía no lograron subirlos sin que se rompan. Las ventanas
sí están colocadas: llegaron tras varios intentos y ahora son tratadas con mucho
cariño.
La construcción fue una odisea. Se necesitaron más de tres mil viajes en mula
para traer gran parte de los materiales. Bolsas de cemento, por ejemplo,
debieron volver a comprarse en muchos casos, tras lluvias repentinas que dejaron
el material inutilizable.
La casa es de adobe y piedra, con techos de paja, alisos y cuero, muy similar a
los ranchos típicos de la zona, aunque diseñada por un arquitecto. Es parte de
una apuesta de La Piedra Partida, empresa de la provincia dedicada a proyectos
que integran aspectos ambientales con objetivos económicos y sociales.
“Vimos que San José era un lugar virgen, rodeado de lugares tan bonitos como los
bosques de la Patagonia. Es una apuesta a largo plazo, porque estamos seguros de
que va tener un buen desarrollo”, cuenta, ahí en la altura, Sebastián
Giobellina, director de la compañía, mientras Margarita Reinoso, habitante de la
zona, prepara un cordero en la cocina de leña con vista al monte. En el lugar
hay cinco cuartos con agua caliente y luz de paneles solares.
La estancia es una reserva natural privada que pronto contará con un centro de
interpretación, donde gente del lugar, que se está capacitando, se ocupará de
mostrar las especies preservadas, entre ellas la taruca. Parecida al bambi, está
hace tiempo en peligro de extinción.
Con alturas muy diferentes, entre 2000 y 4200 metros, la variedad del paisaje
sorprende. A 4200 m sobre el nivel del mar, por ejemplo, hay lagunas que en
invierno se congelan y están rodeadas de guanacos. Hasta ahí se llega en una
excursión de las tantas que se proponen.
Una de las salidas más atractivas es hasta las condoreras. La reserva cuenta con
varias, pero una sorprende por sobre las demás: con nidos en todas las paredes,
minutos antes del amanecer presenta un espectáculo único, con decenas de
cóndores saliendo a pasar el día.
La falta de oxígeno acorta las caminatas, de manera que la mayoría de las
excursiones son a caballo. Hay, sin embargo, recorridos a pie, guiados por
carteles o por algún baquiano, que atraviesan bosques de alisos o de queñuas,
similares al arrayán, que crecen mayormente en la altura.
Distintos puestos de montaña se han acondicionado para recibir al turista. Con
dulce de cayote, bollos y algo caliente para los que paran a tomar algo, o un
asado si se organiza con tiempo, la recepción resulta un placer también para la
vista, ya que suelen estar en paisajes privilegiados, incluso a 3700 m de
altura.
En muchos casos ofrecen tejidos y artesanías de cuero. Como la familia Navarro,
con varios hermanos artesanos nacidos y criados aquí, muy curtidos por la zona.
Opciones turísticas como Las Queñuas proponen que los jóvenes bajen para
especializarse, pero no para migrar. “Muchos dejan sus casas para ir, tal vez, a
trabajar como peones en la ciudad, cuando acá pueden tener posibilidades -agrega
Giobellina-. La gente de la zona tiene que estar integrada en todos los
emprendimientos turísticos y tener los suyos propios. Si no, los cerros van a
quedar pelados, porque los jóvenes se van.”
El encanto de Ancajuli
El libro de visitas tiene firmas desde los años 70, con comentarios que, en
todos los casos, destacan la hospitalidad. No es para menos. Silvia Chiarello,
Mario Soria y gente de la zona reciben con entusiasmo al recién llegado a
Ancajuli, le muestran cada rincón de su estancia homónima, que oficia de centro
de esta comuna que ocupa casi 100 mil hectáreas y tiene, muy distribuidos, unos
800 habitantes.
Aquí viven 18 familias. Hay centro de salud, escuela y capilla, como en todos
estos pequeños poblados. Llegar es aún más difícil: son ocho horas a caballo.
“La belleza está en el lugar en sí y el aislamiento -comenta Silvia-. Pero hay
que estar preparado, no cualquiera aguanta la soledad.”
Las hijas se casan igual, a pesar de las miles de hortensias que rodean las
casas. Noviembre es el mes por excelencia por los colores y porque se levanta la
veda para pescar truchas en los dos ríos de montaña: Chaquivil y Ternera Muerta,
que forman el Ancajuli. Los ríos crecen tanto en esa época que el paisaje cambia
de golpe y las empanadas de trucha son una especialidad para nada exclusiva de
la zona.
El casco donde pueden dormir los visitantes es centenario. Los únicos que no son
tan bien recibidos son los que llegan en motos Enduro, que ocasionan un
verdadero problema a la población porque arruinan los senderos. A pala, pico y
machete se está construyendo un nuevo camino, que permitirá acceder en camioneta
hasta un punto más cercano, a sólo dos horas de cabalgata.
En el lugar planean a mediano plazo preparar las instalaciones para un turismo
más exclusivo. Hasta hace un tiempo, incluso llegaba un grupo de suecos en
avioneta, (hay una larga pista de aterrizaje, con pasto cortado al ras) que se
quedaba unos cuantos días. El proyecto a futuro podría incluir un spa, aunque
sin perder la sencillez del lugar ni la calidez de su gente.





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